domingo, 12 de diciembre de 2010

Arabella Steinbacher, la pasión y el polvo



A mediados del mes pasado, asistí a un concierto en el que intervenía la violinista alemana Arabella Steinbacher, con la OST, dirigida por Rossen Milanov. A decir verdad, empecé a decepcionarme desde los primeros compases y, al finalizar el movimiento inicial, ya estaba pensando en cómo escabullirme antes del descanso para salvar lo que me restaba de noche. Sin embargo, sucedió algo inesperado.

Cuando estaba en el segundo movimiento, la Steinbacher salió del escenario, porque se le había introducido una mota de polvo en el ojo. La muchacha se encontraba incómoda y marchó a su camerino para tratar de solucionar este percance inoportuno.

Regresó a los pocos minutos. El público la acogió con un caluroso aplauso. Entonces se produjo la metamorfosis. La violinista, bien fuese por ofrecer una compensación por su breve ausencia o bien por agradecer la gentileza de la audiencia, cambió su vergonzoso pasotismo anterior por una interpretación tan virtuosa como apasionada. Fueron quince minutos en que me encontré sumido en un éxtasis completo. Mientras sentía cómo se me erizaba el cabello, tomaba clara conciencia del poder de la música y de lo felices que podemos ser los seres humanos en algunas ocasiones, si alguien se propone que lo seamos.

A pesar de contar con partituras de Kodály, Prokofief y Bartók, no vale la pena comentar nada más sobre el resto de un concierto que transcurrió de manera tediosa; excepto ese paréntesis fantástico, desencadenado por una mota de polvo que volaba por el escenario, preguntándose quizás por el sentido de su propia existencia. A ella quiero expresarle toda mi gratitud. Bendita sea.


viernes, 11 de junio de 2010

El velero Peking: una joya en Nueva York

lunes, 26 de octubre de 2009

Proyección en el Atenero de la película "LANZAROTE, LA ISLA ESTRELLADA"

Estimados amigos,

Tengo el placer de invitarles a una proyección en pantalla grande de mi película "Lanzarote, la isla estrellada" y al coloquio que tendrá lugar a continuación.


LUGAR: Salón de Actos del Ateneo de La Laguna (Tenerife)
HORA: 20:00 horas
FECHA: lunes, día 9 de noviembre de 2009.
ACCESO: La entrada será libre.

Para más información ver el blog oficial de la película.

Nota: El Ateneo de La Laguna se encuentra en la Calle San Juan, junto a la Catedral.

sábado, 22 de agosto de 2009

El estrambótico libro de don Pedro de Mesa

La fortuna rueda de forma caprichosa. A veces, parece transitar enloquecidas órbitas y, en otras ocasiones, no quiere entender de enchufes, mangas ni recomendaciones. Tampoco de méritos. Hoy te regala una mina de cal y mañana te llena los ojos de arena.
Con el tinerfeño don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo no tuvo miramientos y describió un extraño giro el día en que este personaje salió de Madrid camino de Sevilla. Las intenciones de don Pedro Joseph eran embarcarse hacia un glorioso destino americano, donde le esperaba el cargo de Gobernador.De la Corte partió un carruaje que en su interior contenía a este caballero canario contento, quimérico y confiado. Los corceles correteaban por las calzadas que conducían a los puertos fluviales de la antigua Hispalis. El viajero sentía el pecho inflamado de legítimo orgullo; sus exultantes pulmones reclamaban el aire fresco que bajaba de la cordillera hasta las campiñas de la cercana Sevilla.Don Pedro Joseph sacó su insigne cabeza por la ventanilla y contempló el planeta deslizándose a velocidad de vértigo bajo las ruedas. ¡Ah, el mundo a sus plantas! Sacó los hombros fuera. Un hombre de su valía no podía permanecer encerrado tanto tiempo. Necesitaba más espacio. Seguramente, el propio Santo Domingo estaba bendiciéndolo en ese preciso instante desde su lugar exclusivo en el reino celestial. Don Pedro Joseph se alongó algo más por la ventanilla y cerró los ojos, sintiendo el céfiro bendito lavando su rostro sabio, penetrando en su… Algo crujió. Se desprendió la puerta del carruaje. Don Pedro miró hacia abajo y observó horrorizado cómo el camino se precipitaba hacia su cabeza.
Noventa y nueve pasos más adelante, el defenestrado vehículo se detuvo. El conductor y el resto de los pasajeros se apearon y pudieron contemplar el cuerpo tendido boca abajo, inmóvil, con la oscura ropa cubierta de tierra. El torso de don Pedro continuaba incrustado en la puerta del carruaje. Despatarrado, cual nuevo Ícaro de vuelo raso, parecía haber desarrollado unas alas de madera que le conferían un ridículo aspecto pajaril.
El prudente cochero no se atrevió a decir en voz alta que en esos momentos don Pedro se parecía más que nunca a un auténtico canario. Se limitó a darle la vuelta y comprobar que la caída había sido mortal. Era el día 17 de agosto de 1738 y resultó evidente que la suerte no viajaba en aquel carruaje. Probablemente, en ese mismo instante, la diosa Fortuna se encontraba a miles de kilómetros, contemplando con emoción cómo el rey Carlos VII de Nápoles, y pronto Carlos III de las Españas, colocaba el anillo nupcial a su amada y rubia María Amalia de Sajonia, nieta del Emperador del Sacro Imperio.



El día 14 de octubre de 1773, en La Gaceta de Madrid apareció una noticia que anunciaba la reimpresión de una obra del accidentado y difunto don Pedro Joseph de Mesa que había dado mucho que hablar y más que reír. La edición anterior se había agotado desde hacía tiempo y sus ejemplares eran buscados con auténtica avidez por la aristocracia, la intelectualidad, el ejército, el clero y el pueblo llano de la Corte, hermanados todos en el común cachondeo.


Para sus propias obras hubieran deseado don Francisco de Quevedo y Villegas o don Pedro Calderón de la Barca un interés tan desmedido, una atención tan prolongada, una avidez en tan sumo grado. Sin embargo, ese privilegio, reservado a unos pocos elegidos de los dioses, correspondió a otro libro, cuyo escueto título es el siguiente:

Ascendencia esclarecida y progenie ilustre de Nuestro Gran Padre Santo Domingo, Fundador del Orden de Predicadores: Ocurrencias vulgares sobre los fundamentos en que se ha procurado introducir duda en la sentada verdad de ser Santo Domingo N. P. descendiente de la nobilísima Casa de los Guzmán: Debaxo del patrocinio del gloriosísimo Abad de los Silos Santo Domingo, segundo Moysés, y gran Taumaturgo español; y por mano de la Excelentísima Señora la Señora Doña Francisca Xaviera Bibiana Pérez de Guzmán el Bueno, Duquesa de Osuna.

La primera edición de este libro había visto la luz en Madrid, en el año 1737. Su autor era don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo (1). Procedía de una ilustre familia de La Orotava, en la isla de Tenerife, descendiente de conquistadores y destripaterrones aristocráticos.
La intención de don Pedro era colocar a Santo Domingo en una situación de privilegio, pues le parecía que el título de Santo le resultaba demasiado corto a sus grandes méritos. Al fin y al cabo, ¿qué valor tenía un santo al lado de un duque o de un príncipe? Evidentemente, poco.
Así que don Pedro procedió según sus costumbres familiares, es decir, de la única manera que sabía hacerlo la aristocracia urbana y agraria canaria: inventándose antepasados de alcurnia y títulos tan innumerables como ficticios. De manera que la familia de Domingo de Guzmán, gente de mediana nobleza castellana –por parte de su abuela, doña Godo González– y de mediana santidad cristiana –su madre fue la beata Juana de Aza y sus tres hermanos, los beatos Manés, Conrado y Antonio–, se transformó en una familia de reyes y duques, gracias a las habilidades literarias y genealógicas de mi paisano, el canario Mesa, que llegó a emparentarlos con el mismísimo Guzmán el Bueno, el cual debió engendrar algún descendiente más que no fuese su apuñalado hijo.
Poco después de su aparición, el libro se hizo famoso, gracias a un escrito de siete páginas publicado en Salamanca por el conocido jesuita Padre Luis de Losada. Lo tituló:

Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzman por Luis Lopez, beneficiado y cura proprio de la Villa de Morille en el Obispado de Salamanca.

Analizaba en clave de humor el libro de Mesa y se armó tal cachondeo en la Corte que todo el mundo corría a comprar la obra del canario como si fuera el mejor libro de chistes.
Luis Losada, vista la buena acogida de su Carta, volvió a las andadas y pronto dio a conocer su

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzman del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid.



En la Gaceta de Madrid, correspondiente al 28 de enero de 1738, apareció este anuncio del libro de Pedro Mesa: "Ascendencia esclarecida de Santo Domingo de Guzmán, su Autor don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo; en la Porteria del Convento de Nuestra Señora del Rosario de esta Corte."


Y ya fue el acabose. Como si se tratara de pan caliente, se agotó la edición del libro de marras en un pispás. Don Pedro de Mesa Benítez de Lugo estaba en la gloria. ¡Sus méritos literarios y religiosos reconocidos por el orbe entero! ¡Ya nada ni nadie detendría su brillante carrera hacia los más rutilantes títulos nobiliarios ni hacia los cargos más ambicionados del borbónico Imperio!

Naturalmente, no faltaron terceras partes y, según noticia de Diego de Torres y de Joseph de Viera y Clavijo, que aún no he podido verificar, un gracioso publicó:


Entierro de la Carta familiar del Cura de Morille a favor del glorioso Santo Domingo, por un Sacristán de Canarias.



En la Universidad de Salamanca se encuentran depositados varios escritos de Luis de Losada al Santo Oficio, aludiendo a sus famosas Cartas del Cura de Morilles.

Ensoberbecido por el éxito, a excepción de cierto cabreo incial que tuvo la virtud de hacer florecer otros divertidos escritos, don Pedro no se enteraba de la misa la mitad. Sin embargo, ante tanto cachondeo intervino el inefable Santo Oficio –con tantos dominicos viviendo de, en y para sus entrañas– con la intención de prohibir esta Carta. En mala hora, porque un funcionario de la misma Santa Inquisición se equivocó al interpretar las órdenes superiores y el que resultó prohibido fue el libro del pobre don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo.

Don Pedro saltó como un basilisco. Ante sus airadas protestas, los del Santo Oficio tuvieron que imprimir en la cubierta del tomo segundo la siguiente frase:

Declárase que lo puesto en el tomo segundo, donde dice; ‘Don Pedro Joseph Benítez de Lugo, su libro intitulado, Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán, se prohibe’, ha sido equivocación, porque el dicho libro no está prohibido, y solo lo está la ‘Carta familiar escrita á Don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo’, según y en la forma que se halla en el tomo I de dicho nuevo Expurgatorio al fol. 276 col. I, y de esta declaración se ponga allí una nota.




Página del Índice de la Inquisición corrigiendo un error que fue la rechifla de media España.


Ni que decir tiene que la rechifla general llegó a niveles nunca vistos. Claro que don Pedro José también tuvo sus defensores, como don Diego de Torres, Astrólogo y Catedrático de Matemáticas en la Universidad de Salamanca, autodenominado Piscator Mayor de Salamanca y autor de multitud de libros estrafalarios (2). Cada año, el doctor Torres publicaba un calendario en el que pronosticaba para toda Europa, en un tono que debió envidiar hasta su ilustre enemigo Benito Jerónimo Feijoo, las enfermedades que llegarían en cada estación, el estado de las plantas, de los animales y de los astros, y todas esas cosas que la Astrología y el Santo Oficio le aconsejaban publicar para fortalecer las almas y los cuerpos de tanto pecador de la padera. Tiene el doctor Torres libros tan curiosos e imprescindibles como el titulado

El gallo español: respuestas dadas al Conde Meslay; por qué el gallo canta á las doze de la noche en Portugal, y llevado á Francia canta a las mismas doze siendo assi, que ay una hora de diferencia.

Pues bien, este dechado de sabiduría dedicó muchas páginas a defender al canario Mesa y sus disparates. Puede encontrarse su hilarante alegato en el Tomo Undécimo del Segundo Libro de una recopilación de su obra, citada más abajo. El capítulo que nos interesa es:

Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo.

El doctor don Diego de Torres y Villarroel, nos aclara de qué va el asunto:

De las excusadas disputas é impertinentes disputadores de la innegable é indeleble nobleza del Excelentísimo y Santísimo Padre Sto. Domingo de Guzmán El Bueno.

Y ya la liamos, porque la referencia a El Bueno nos proporciona las claves y los puñales de su discurso antes de que comencemos a leerlo.


He aquí la portada del citado libro del astrólogo Diego de Torres

Torres aprovecha la defensa del canario para emprenderla de manera ladina contra el jesuita Losada, compañero catedrático en la misma universidad de Salamanca. Y, menos lindo, lo llama de todo. Además,

Detrás de estos papeles impresos se ha destacado otras sátiras manuscritas, y diferentes coplones; y finalmente han salido aquellos bergantes y públicos madicientes de Perico y Marica, irritando las paciencias, afrentando las honras, y rompiendo por las leyes de Dios, y la gloria de sus Santos.

Respecto a los cabreos iniciales de don Pedro Joseph sobre la contestación de Losada, nuestro Piscator Mayor afirma que la población está convencida de que

si se mostró quejoso, ó colérico, que se le debe perdonar, porque al fin ningún hijo sufre bien que le revuelvan los huesos al padre que le engendró. Para quien no encuentran disculpa es para el Cura, quiera Dios que él la tenga con su Magestad y con Santo Domingo, que el vulgo poco importa que quede rabioso contra él, contra su Carta, su vida y su salud.

Como pueden apreciar, el tal Torres se las traía en lata. ¡Vaya mala uva se gastaba el astrólogo con el cura de Morilles, es decir, con el jesuita Losada, su compañero! Y así continúa, siempre en el mismo tono, durante las catorce páginas que contienen su alegato, que se vuelve gracioso por lo disparatado. Peor defensor no pudo tener nuestro celestial genealogista isleño.
Pero, en cualquier caso, don Pedro Joseph se las arregló para ser provisto de un Gobierno para América. Como es de sobra sabido, España siempre ha hecho gala de una particular inclinación a compensar los esfuerzos de sus grandes hombres. Y don Pedro había demostrado ser un fénix de las letras genealógicas, moviendo las risas, las plumas y las pasiones de los más delicados clérigos y cortesanos.
Lástima que antes de llegar a Sevilla le sucediera el accidente que le produjo la muerte, al caer del carruaje al duro pavimento del camino. ¡Quién sabe cuál habría sido su siguiente estudio genealógico y cuántas diatribas habría despertado!
Podemos concluir que la muerte del genio isleño fue fruto del destino, del azar o de la providencia, pero en cualquier caso ha de considerar la persona de buen juicio lo pasajeras que son las glorias de este valle de lágrimas, donde los éxitos del amanecer se trocan en llantos a mediodía y en reposo eterno a la hora de merendar. Sea como fuere, y aun a su pesar, don Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo logró descansar sin más incidentes en la bóveda de la Orden Tercera del Real Convento de San Pablo, sin repetir la osadía de sacar la cabeza fuera de su estrecha morada en estos más de dos siglos y medio transcurridos. Allí continúa, do fueron sus huesos a parar, después de que las eruditas páginas de su magna obra procurasen las más excitantes veladas de asueto y carcajeo que haya conocido jamás la Villa y Corte imperial.
Este singular personaje dejó cola, puesto que, además de aparecer leves rastros de su obra en Amazon punto com Books, su nieta, doña María Mesa, se desposó, en el siglo XVIII, con otro caballero canario, nacido en Chipude (isla de La Gomera), cuya historia también merece ser rescatada del olvido. Así lo haré, si tengo salud y tiempo, pues documentación sobre este asunto hay de sobra.


Notas

1. El tronco familiar de Pedro Joseph de Mesa Benítez de Lugo proviene de un andaluz de Sanlúcar conocido como El Tuerto (Pedro Benítez de Lugo, hijo de Juan Benítez e Inés de Lugo) que vivió algo más de un lustro en Tenerife, entre el final del siglo XV y el principio del XVI.


2. Diego de Torres Villarroel era un pseudo intelectual pícaro, arrimado a la ideología más rancia de su tiempo, buscando siempre el favor de los poderosos y denunciando ladinamente al Santo Oficio a los autores de ideas ilustradas, como Benito Feijoo o Luis Losada. Escribió una autobiografía, titulada Vida, que en opinión de Juan Valera «Puede considerarse como una novela picaresca.”
El propio Torres escribió en esta maquillada historia de su vida que «Lo que puedo asegurar es que en las vidas de Domingo Cartujo, Pedro Ponce y otros ahorcados no se cuentan ardides ni mañas tan extravagantes ni tan risibles como las que inventaba mi ociosidad y mi malicia.» Y así continuó hasta el final de su vida, aunque autores como Arturo Berenguer Carisomo opinan que no se puede incluir esta obra dentro del género picaresco –indefinible, según Lázaro Carreter–, dado que no aparece en ella ningún rastro de erotismo.
Comenta Eugenio Suárez-Galbán, (De la vida de Torres a la de Lázaro de Tormes ..., Duke University):

No ignoramos, por otro lado, que si Lázaro se opone a “los que heredaron nobles estados” en esa subida por la escala social, Torres fue más bien empleado servicial, y hasta sumiso, de la nobleza de su tiempo [...].

En realidad, nunca ha dejado de interesar Torres Villarroel, por lo estrambótico. Baste decir que su obra recopilatoria de Pronósticos (14 volúmenes) se reimprimió en 1797, treinta años después de su muerte o que su Vida (Ediciones La Lectura, Madrid, 1912) volvió a ver la luz en a principios del siglo XX (también ha habido ediciones en Castalia, 1972; Taurus, 1985; etc.), provocando artículos más o menos apasionados, como el del jesuita A. Pérez Goyena (revista Razón y Fe, enero-febrero de 1913) en que propina, con la acostumbrada finura de la Compañía, una buena zurra a José de Lamano y Beneite, que se había erigido en defensor de Torres en un folleto publicado en 1912.
En un trabajo reciente, La vida de Diego de Torres Villarroel y su tiempo, Juan Fernando Valenzuela Magaña expresa la siguiente opinión sobre el Piscator salmantino:

Es Torres Villarroel un autor sin duda escurridizo. Lo fue en su tiempo, en el cual debió de provocar extrañeza la mezcla resultante de su explicable fama de extravagante, brujo y astrólogo y de catedrático de la Universidad de Salamanca; y lo sigue siendo hoy, pese a un nuevo interés por su obra lejos del reiterado tópico que lo despacha como epígono del barroco o último pícaro, y que está cosechando interesantes frutos.
La crítica destaca en este autor aspectos de gran modernidad, como el de ser el primero que edita sus obras por suscripción pública, y de erróneo conservadurismo, como el de seguir manteniendo la teoría astronómica ptolemaica en un mundo en el que Copérnico y Newton representaban la vanguardia científica. Pero no es esto, a mi juicio, lo que lo hace escurridizo (ni siquiera lo haría complejo). Lo determinante en este sentido es que, a diferencia de su contemporáneo Feijoo, no sabemos bien a qué atenernos respecto a sus verdaderas ideas. ¿Creía realmente Torres en sus pronósticos y en la influencia de los astros? ¿En qué medida? ¿Es sincero en ese desprecio al claustro de la universidad salmantina o se trata de despecho por no ser reconocido como uno más en él? ¿Está satisfecho o arrepentido de la etapa picaresca de su vida? ¿Estaba tan en contra de Martín Martínez y Feijoo como la polémica sostenida con ellos parece a primera vista sugerir? Con todas las reservas propias de un juicio sobre la vida de otro hombre y de una obra en la que se pretende autodibujar, intentaremos aclarar el papel que la Vida de Diego de Torres Villarroel ocupa en el panorama cultural de su tiempo.


Referencias bibliográficas
Losada, Luis A.: Carta familiar a don Pedro Joseph de Mesa Benitez de Lugo, autor del libro intitulado Ascendencia de Santo Domingo de Guzmán. Impr. Salamanca. 1737 [?].

Vida y salud de la famosa carta familiar del cura de Morille, sobre lo Guzmán del Glorioso Santo Domingo, certificada contra su vano entierro, en otra carta del mismo cura à un amigo suyo de Valladolid. Salamanca. Impr. 1738 [?].

Mesa Benítez de Lugo, Pedro Joseph de: Ascendencia Esclarecida, y progenie ilustre de nuestro gran Padre Santo Domingo, Fundador del orden de Predicadores [...]. Imprenta de Alonso de Mora. Madrid. 1737.

Pérez Morera, Jesús: El árbol genealógico de las órdenes franciscana y dominica en el arte virreinal. Anales del Museo de América, 4. Museo de América. Madrid. 1996. Págs. 119-126.

Supremo Consejo de la Santa General Inquisición: Índice último de los libros prohibidos y mandados expurgar para todos los reynos y señoríos del católico rey de las Españas, el señor don Carlos IV (resgistros desde 1747 a 1789). Imprenta de Don Antonio de Sancha. Madrid. 1790. Pág. 25.

Torres y Villarroel, Diego de: Soplo a la Justicia, alentado por el general escándalo y particular miedo. En recopiltorio de las Ideas extractadas de su Pronósticos. Libro Segundo. Tomo XI. Imprenta de a Viuda de Ibarra. Madrid. 1798. Pags. 358-372.

Viera y Clavijo, José de: Noticias de la Historia General de las Islas de Canaria. Tomo IV. Imprenta de Blas Román. Madrid. 1776. Págs. 561-562.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Di que sí


A Santiago Medina Cáceres lo encontré en Lanzarote. Podría decirse que nos conocimos mientras lo entrevistaba para un documental. Su historia era sorprendente y me motivó a realizar la película "Lanzarote, la isla estrellada"; sin embargo, lo que más me impresionó de sus respuestas fue que casi siempre las comenzaba con un "Sí".

Durante toda mi vida, solamente había conocido a otra persona que dijera tantos síes. Fue en mi adolescencia, cuando todavía no poseía la suficiente madurez para comprender el privilegio que el azar me había deparado al poder estar junto a una persona tan afirmativa. En el colmo de mi estupidez, incluso llegué a pavonearme de que me aburría alguien que contestaba tantas veces "Sí".

Naturalmente, he conocido a mucha más gente que responde con el "No", antes de pensar siquiera lo que va a decir a continuación. El caso más llamativo es el de un catedrático universitario de Historia al que entrevisté hace unos años sobre el tema de la masonería. Con la mejor voluntad, quise remitirle anticipadamente un cuestionario por email, a fin de que preparase sus respuestas lo mejor posible, puesto que se emitirían por televisión. Me contestó que él siempre llevaba listas sus contestaciones y que era yo quien debía elaborar bien lo que deseaba preguntar.

Quedé admirado ante tanta pedantería, pero hice lo que me sugirió. Llegado el día de la entrevista, yo llevaba escrita en un folio la batería de preguntas. La había confeccionado a partir de los libros publicados por este profesor. En realidad, cada cuestión era un párrafo del texto escrito por él mismo, al final del cual le preguntaba si estaba de acuerdo en su contenido.

Pues bien, cada punto era contestado invariablemente con un "No" y una sonrisa de autosuficiencia. Después de un rato demostrando que mi afirmación -es decir, la suya- era una estupidez, el sabio profesor daba la vuelta al asunto y regresaba al punto de partida para terminar diciendo lo mismo que el párrafo leído por mí.



Así, durante más de media hora. Cuando traté de editar aquel vídeo, que aún conservo completo como una rara joya, no pude sacar más de diez segundos de discurso coherente.

No sé cuántas veces he visto esa filmación, pero siempre termino sorprendido. Fue ésta la primera vez que me puse a observar las respuestas afirmativas y negativas como manifestación de la personalidad de un individuo. Advertí que quienes negaban, como norma habitual, cualquier proposición ajena eran personas poco solidarias, cuya meta se resumía en destacar a cualquier precio e imponer sus criterios sin tener en cuenta otras opiniones. Para mi sorpresa, descubrí que el número de personas que decían "No" a priori era más elevado del que podía sospechar. Fue asombroso darme cuenta de que toda esa gente mostraba, en el fondo, una gran inseguridad en lo que creía, en lo que pensaba, en lo que sabía,... excepto, en afirmar sus privilegios negando a los demás los suyos.

Por esas fechas, se había establecido, cerca de la ciudad donde vivo, una mujer centroeuropea que comenzó a impartir unos talleres terapéuticos que ella denominaba "Baile del No". Consistía en acostumbrar a los participantes a decir "No" en cualquier situación de su vida diaria, evitando lo que ella consideraba la debilidad de un ser oprimido. Creo recordar que todo el alumnado era femenino, excepto un hombre.

Nunca asistí, pero una persona muy cercana a mí comenzó a participar en esos bailes. Yo estaba extrañado de aquella decisión, porque no era precisamente de las que decían "Sí" por las buenas. Por ejemplo, si uno le preguntaba si había visto tal o cual cosa que estaba buscando, su respuesta automática era siempre "No". De esta manera, comenzó a asistir a las clases una o dos veces por semana.

El resultado fue que esta persona entró en una depresión profunda que le duró más de un año. Le aconsejé muchas veces que dejase de frecuentar aquel desatinado taller de baile. Sólo accedió a ello cuando los tratamientos de los psicólogos a los que acudió no tuvieron éxito.

Unos meses después de abandonar aquella absurda terapia de la insolidaridad, comenzó una lenta recuperación. Sin embargo, nunca se repuso del todo y una especie de egoísmo enfermizo se aposentó en su interior y generó una infelicidad profunda que se retroalimenta en la negación perpetua. Como colofón a este desatino de la negatividad, la propia profesora del "No" también cayó en una grave depresión que no le permitió continuar impartiendo sus cursos.

He conocido también a personas que se han gastado una auténtica fortuna para participar en talleres y seminarios destinados a ver la vida de manera positiva. Aprendieron a afirmarse en todo lo que les convenía a ellos mismos y a negarse en todo lo que le importara a su prójimo. En realidad esas pseudoterapias compartían el mismo fondo y lograban idénticos resultados que los bailes del "No".

Con estas experiencias propias y ajenas en las alforjas, se comprenderá mi sorpresa al encontrar a un hombre cuyas frases comenzaban con un "Sí", que hablaba de una manera tan afirmativa y, al mismo tiempo, luchaba como un león por sus derechos, por los de su familia y por los de sus conciudadanos sin vender su alma al diablo ni al vil metal.

Ese día comencé a valorar de manera superlativa la importancia de contestar "Sí", en el sentido de aceptar la opinión de nuestros interlocutores, sin perjuicio de mostrarles cuál es nuestra postura respecto a cualquier asunto en el que no estemos de acuerdo.

Y, con baile o sin baile, creo que ésta es una magnífica terapia para curar tantas depresiones nacidas de la misma raíz: el egoísmo humano.

viernes, 14 de agosto de 2009

Y el gris impone su discurso.

[A vosotros, miembros del Consejo de Seguridad]


Sujeto, verbo y complemento.
Nosotros escuchamos las disertaciones.
Vosotros fabricáis las armas.
Ellos sufren el hambre.

Interrogación, coma, punto e interjección.
¿Sus derechos? Casa, trabajo, comida, medicina y ocio.
¿Sus epidemias? Sida, tuberculosis, lepra y malaria.
¿Vuestra respuesta? ¡Guerra preventiva y crisis financiera!

Recurrrencias.
¿Por qué ellos no tienen agua?
¿Por qué ellos no tienen alimentos?
¿Por qué ellos no tienen medicinas?

Metáforas.
Es madrugada sin cesar.
En la Asamblea llueven versos.
Y el gris impone su discurso.

Sustantivo, adjetivo y pronombre.
Especulación, iniquidad, codicia.
Funesto, inmoral, arbitrario.
Vosotros, vosotros, vosotros.

Voz activa, pasiva y reflexiva.
Vosotros retabilizáis las guerras.
Las armas son vendidas por vosotros.
¿Quién se cree que buscáis la paz?

Pasado, presente y futuro.
Ayer, decíais que si queríamos la paz, preparásemos la guerra.
Hoy, decís que hacéis la guerra para preparar la paz.
Mañana, diréis que no existe diferencia entre preparar la guerra y preparar la paz.

Condicional, futuro imperfecto y futuro perfecto.
La distribución de la riqueza, la educación y la paz serían posibles sin vosotros.
¿Seguiréis gobernando los mismos truhanes el mundo para siempre?
Un día, la humanidad habrá encontrado el camino de la justicia internacional.

martes, 11 de agosto de 2009

PEDIRLE PERAS AL JUEZ



Oigo voces escandalizadas por las sentencias judiciales que están apareciendo cuando se juzga a políticos importantes de la derecha española. Hasta hay quien habla de un presunto golpe de estado por parte de la judicatura. Son unos exagerados. Yo me pregunto cómo es posible que alguien se sorprenda todavía de que una buena parte de los jueces españoles sea incapaz de condenar a estos agusanados caballeros de armaduras caras y relucientes, aun reconociendo que han vulnerado las leyes. Ya digo, hay quienes se espantan con esta conducta judicial, pero a mí me parece de lo más natural. Me explicaré.
Que yo sepa, con pocas excepciones, los jueces en España no están acostumbrados a juzgar y condenar a gente encumbrada de la derecha. Ni antes del régimen de Franco, ni durante el franquismo ni en los años posteriores a la muerte del galleguísimo. Los jueces son personas históricamente adiestradas en juzgar y condenar a la izquierda. Antes, durante y después de las Cuarenta en Bastos que se cantaron entre 1936 y 1975.
Sin ese entrenamiento, no se podría entender la gran diferencia que existe entre la complacencia actual y la escabechina que hicieron con los socialista durante la última etapa de Felipe González. A nadie se le ocurrió protestar, porque todos estábamos convencidos de que los jueces estaban condenando a unos chorizos corruptos. Todo iba sobre ruedas, dado que la maquinaria judicial estaba entrenada y engrasada para ese cometido: meter a los rojos entre rejas. Y, si estaban pringados en delitos económico o de cualquier otro tipo, miel sobre hojuela.
No obstante, ahora, por primera vez, los jueces se enfrentan a algo nuevo para ellos, en lo que no están ejercitados: juzgar y sentenciar a políticos corruptos de la derecha. Y reaccionan como reaccionaría cualquier albañil a quien se le pidiera derribar su propia casa. Así que no les culpo.
Culpo a los partidos de izquierda y de centro que habiendo tenido responsabilidades de gobierno no han creado las condiciones necesarias para impedir que se perpetuara la mentalidad rancia y anquilosada que impera en el estamento judicial desde hace años, lustros, décadas, siglos. Desde que las judicaturas inquisitorial y civil eran dos dedos de la misma mano, al servicio de las mismas cabezas, de los mismos intereses restringidos, con los mismo demonios de la libertad que someter.
De manera que ahora toca envainarse esta desmesura, sin tratar de remediar en cuatro días lo que ha tardado más de cuatro siglos en fraguar. Como decía Benito Pérez Galdós, no se puede derribar una montaña a bayonetazos.
La derecha judicial y política va a salir triunfante de este asalto. Lo mejor sería que los socialistas se pusieran a trabajar con seriedad en una profunda reforma de la justicia. Una transformación que oxigene todos sus estamentos, desde los notarios y procuradores hasta los jueces y fiscales. Eso es más urgente que dotar de ordenadores los juzgados. Lo contrario sería continuar cantando la copla popular asturiana, ésa que dice:
A la mar fui por naranjas,
cosa que la mar no tiene.
Metí la mano en el agua,
la esperanza me mantiene.